jueves, 18 de agosto de 2016

a.t.p. JONATHAN HAIDT Y LA MENTE VIRTUOSA (y 2)


A la vez que Haidt daba sus primeros pasos en sus investigaciones el antropólogo cultural Richard Shweder afirmaba que las sociedades se han desarrollado a partir de dos enfoques, la perspectiva sociocéntrica, en la que los intereses del grupo prevalecen sobre los del individuo, y la perspectiva individualista. La primera dominó el mundo antiguo y la mayor parte del mundo actual; la segunda se desarrolló a partir de la Ilustración y es exclusiva de occidente. En resumen el maravilloso mundo basado en el individuo en el que vivimos es tal vez un milagro. Somos raros [7]. Lo que es peor: tal vez somos precarios.

Según Shweder en todas las sociedades, sean sociocéntricas o individualistas, se pueden observar tres grandes áreas de asuntos morales, que se desarrollan en mayor o menor grado en unas u otras: las áreas referidas a la autonomía, a la comunidad y a la divinidad. El área relacionada con la autonomía se centra en el individuo, su asunto principal es la proscripción del daño, y es la que acaba sustentando conceptos como la libertad y los derechos individuales: obviamente es la que está más desarrollada en occidente. En el resto de las sociedades se desarrollan más el área de la comunidad, en la que caben conceptos como deber, lealtad al grupo –y rechazo al de fuera-, jerarquía, y patriotismo, y el área de la divinidad, más amplia y más difícil de definir. El área de la divinidad está relacionada con conceptos como pureza y contaminación, santidad y pecado. Parte de una visión vertical de la perfección en la que el contacto de lo inferior puede corromper lo superior. Curiosamente parece haberse desarrollado a partir del concepto del asco, del deseo de evitar lo impuro o contaminado.


El ámbito de lo moral varía según las culturas. Es muy estrecho en las individualistas sociedades occidentales, donde parece haberse circunscrito al área de la autonomía, y mucho más amplio en las sociocentristas, donde incluye también las áreas de la comunidad y la divinidad. En estas sociedades el excesivo individualismo, o la búsqueda individual de la felicidad, son consideradas egoístas y destructivas. Cuenta Haidt que la visión de Shweder fue la “píldora roja” [8] que le abrió los ojos. En contra de lo que Kohlberg y Piaget pensaban, no podía ser el niño quien construyese la moral. Debía ser más bien una combinación de innato (módulos o áreas provenientes de la evolución) y aprendido (el niño aprende a aplicar esos módulos en una particular cultura):

«Nuestras mentes tienen el potencial de convertirse en virtuosas sobre muy diferentes asuntos, y sólo algunos de estos asuntos son activados en la infancia. Otros asuntos potenciales se quedan sin desarrollar y desconectados de la red de significados compartidos y valores que se convertirán en nuestra matriz moral».

En sus primeros experimentos Haidt comprobó en seguida que los occidentales tienen intuiciones morales automáticas, como las referidas al asco o a la falta de respeto, que van más allá del área de la autonomía de Shweder y condicionan su razonamiento [9]. Descubrió además que dentro de las propias sociedades también conviven distintas matrices morales que funcionan como compartimentos estancos: unen a los que las comparten y los ciegan ante la existencia de otras.

A partir de las áreas morales definidas por Shweder, y del enfoque de Hume -la moral como gusto-, Haidt desarrolla su Teoría de los Fundamentos Morales y propone la siguiente alegoría: la mente virtuosa es como una lengua con seis receptores. La moralidad de cada sociedad, de manera asimilar a su gastronomía, es una construcción cultural, que partiendo de los mismos receptores morales o gustativos, e influenciada por azares de ambiente e historia, llega a unas construcciones diferentes.


Los receptores morales son obviamente resultado de la evolución. Y en principio cinco buenos candidatos son: protección del vulnerable, equidad en los intercambios interpersonales, lealtad al grupo, respeto a la autoridad y preservación de la santidad/pureza.

«Cinco desafíos adaptativos destacan muy claramente: cuidar a los vulnerables niños, formar colaboraciones con no-parientes para cosechar los beneficios de la reciprocidad, formar coaliciones para competir con otras coaliciones, negociar jerarquías, y mantenerse a sí mismo y a sus parientes libres de parásitos y patógenos, que se propagan rápidamente cuando la gente vive en estrecho contacto unos con otros».

Posteriormente Haidt incluyó un nuevo receptor, el de la búsqueda de la igualdad, quedando la lista definitivamente en seis, los tres primeros relacionados con la autonomía –siempre según terminología de Shweder-, y los otros tres con la comunidad y la divinidad.

1) El módulo de protección evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de velar por las crías. Los mamíferos invierten más en las suyas que los ovíparos, que las producen más fácilmente. Y el humano, cuyo cabezón es tan grande que la madre tiene que expulsarlo un año antes de que sea capaz de andar, requiere una inversión de cuidado adicional también por parte del progenitor. Somos los descendientes de aquellos que eran más sensibles a los signos de sufrimiento y necesidad de los desvalidos, y de los que más se enfadaban ante la visión de la crueldad.


2) El módulo de la equidad evolucionó en respuesta a poder cosechar los beneficios de la cooperación sin ser mangoneado. Nos hace reaccionar favorablemente ante las muestras de colaboración y altruismo por parte de otros, y nos hace querer castigar a los gorrones y aprovechados. Este módulo no se refiere necesariamente a la igualdad, sino más bien a la proporcionalidad: recibir de acuerdo con los merecimientos o aportaciones al grupo. [10]


3) El módulo de la libertad está relacionado con no reconocer la posición de dominio de quien no se juzga merecedor de ella. Este módulo está en realidad muy relacionado con la igualdad, y con la resistencia a la opresión.


Los tres siguientes módulos están relacionados con las ventajas competitivas que ofrece participar en un grupo cohesionado. Lamentablemente cada uno de ellos parece tener un reverso tenebroso:

4) Lealtad al grupo. Evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de formar y mantener coaliciones. Nos hace reaccionar favorablemente ante los que juegan en equipo, y nos hace querer castigar a los que lo traicionan [11]. Somos los descendientes de tribalistas, no de sus más individualistas primos. Obviamente la parte negativa es la predisposición al conflicto con los ajenos al grupo y la guerra.


5) Autoridad. En su origen derivado de la presencia de miembros dominantes en la manada con efectos positivos para ésta –capacidad de ejercer el liderazgo y minimizar conflictos-. En la actualidad está relacionada con la estabilidad y el mantenimiento del orden en el grupo. El reverso es la opresión y la desigualdad.

6) Santidad. Evolucionó a partir del asco y éste del “dilema del omnívoro”, consistente en ser capaz de comer cualquier cosa pero evitando todo aquello que pueda enfermar o matar. Se incluyen aquí los tabúes sexuales, y los más recientes relacionados con el medio ambiente y la alimentación. También la sacralización de instituciones básicas de la sociedad como la familia. Su reverso maligno es la intolerancia.

Estos módulos son graduables, como los mandos de un ecualizador.



¿Cómo llega alguien a ser liberal o conservador? [12] El camino tiene tres encrucijadas: la disposición genética, la experiencia, y la adopción de uno u otro relato existencial. A partir de estos hitos uno ecualizará de una u otra manera sus módulos. En este camino hay varias disyuntivas que no son simétricas: en occidente el relato liberal es hegemónico [13].

Dado que a Haidt le preocupaba la polarización del debate partidista, a continuación aplicó su modelo a la búsqueda de posibles diferencias entre liberales y conservadores -añadió a los liberales económicos o 'libertarios'-. Y se encontró con que tales diferencias eran profundas. Todos, liberales y conservadores, utilizan el módulo de la protección, pero los liberales parecen valorarlo más, y están dispuestos a sacrificar otros módulos, como el de la equidad, cuando chocan con él. Sin embargo lo más interesante es que, a diferencia de los conservadores, los liberales no alcanzan a ver más que el reverso tenebroso de los tres últimos módulos. El resultado es que los liberales tienen una moral basada en tres fundamentos, mientras que los conservadores usan los seis.




Esta conclusión tiene importantes implicaciones. Una de ellas es que mientras los conservadores pueden entender a los liberales –emplean sus mismos módulos aunque alguno menos acentuado, lo que puede inducirlos a cierto complejo- , los liberales encuentran grandes dificultades para entender a los conservadores:

«¿Pueden los partidarios al menos entender el relato contado por el otro partido? Los obstáculos para llegar a empatizar no son simétricos. Si la izquierda construye sus matrices morales en un número más reducido de fundamentos morales, entonces no hay fundamento usado por la izquierda que no sea también usado por la derecha (…) Pero cuando los liberales intentan entender la narrativa (de los conservadores) lo tienen más complicado. Cuando hablo a las audiencias liberales de los tres fundamentos cohesionadores –lealtad, autoridad, santidad- me doy cuenta de que la mayoría de la audiencia es incapaz de entenderlos: rechazan inmediatamente estas materias como inmorales. La lealtad al grupo encoge el círculo moral; es la base del racismo y la exclusión, dicen. La autoridad es opresión. La santidad es charlatanería religiosa cuyo única función es suprimir la sexualidad femenina y justificar la homofobia».

Y aquí viene lo peliagudo. ¿Es posible construir una sociedad estable exclusivamente a partir de los valores referidos a autonomía? ¿Es posible una ética unidimensional o bidimensional, basada principalmente en el daño, o es necesario contar con todas las dimensiones, incluidas las grupales? Si contestamos que es posible, nos estaremos alineando con Kant y Mill [14]: en caso contrario con Durkheim, para quien la ausencia de valores de grupo lleva a la anomia y al suicidio.

Es posible que el milagro individualista no sea viable con todos los módulos grupales ecualizados a cero -aunque deban estar sometidos a una permanente vigilancia para evitar que se desmanden-. Por eso Haidt, que empezó su andadura como liberal («había asumido que conservadurismo = ortodoxia = religión = fe = rechazo de la ciencia. De eso se seguía que, como científico y ateo, estaba obligad a ser liberal»), acaba comprendiendo también el pensamiento conservador:

«Los conservadores creen que la gente es intrínsecamente imperfecta e inclinada a actuar mal cuando se eliminan las restricciones y responsabilidades (sí, pensé: mirad a Glaucón) (…) Creen que nuestro razonamiento está sesgado y es propenso al exceso de confianza, de modo que es peligroso construir teorías basadas en la pura razón, no limitadas por la intuición y la experiencia histórica (sí, escuchad a Hume) (…) Creen que las instituciones surgen paulatinamente como fenómenos sociales, que entonces respetamos e incluso sacralizamos, pero que si las despojamos de su autoridad y las tratamos como contribuciones arbitrarias que existen sólo para nuestro beneficio las hacemos menos efectivas. Nos exponemos así a la anomia y el desorden social (sí, escuchad a Durkheim) (..) Mientras continuaba leyendo las obras de intelectuales conservadores como Edmund Burke en el siglo XVIII pasando por Friedrich Hayek y Thomas Sowell en el XX, empecé a ver que habían alcanzado una visión crucial en la sicología de la moralidad que no había encontrado antes. Ellos entendían la importancia de lo que llamaré capital moral ».

El capital moral es el conjunto de valores compartidos por una sociedad. Más concretamente «el grado en el que una comunidad posee sistemas interconectados de valores, virtudes, normas, practicas, identidades, instituciones y tecnologías que encajan bien con mecanismos psicológicos y de este modo permiten a la comunidad eliminar el egoísmo y hacer posible la cooperación». La cohesión de las sociedades depende, según Haidt, de su nivel de capital moral.

La aportación definitiva de Haidt está en que busca armonizar en lugar de dividir –al menos dentro de la sociedad-. Defiende la necesidad de alejar el debate partidista de una visión maniquea -la que considera que el partido propio es la luz y el contrario las tinieblas-, y de entender por el contrario que liberales y conservadores son para una sociedad como el yin y el yang: si unos son necesarios para que la sociedad no se estanque, los otros lo son para que no se desintegre.

Dejo un par de apuntes para la reflexión. En primer lugar, el milagro individualista occidental parece muy vulnerable ante el tribalismo, y de momento es incapaz de presentar un relato cívico alternativo a las narrativas nacionalistas, ideológicas o religiosas, por muy primitivas, toscas y ridículas que éstas sean -y el carácter kitsch de estos movimientos de masas no debe ocultar el peligro que encierran-. El trabajo no es sencillo. Se burlaba Agustín de Foxá diciendo que se puede entender morir por la patria, pero que morir por la democracia es como hacerlo por el sistema métrico decimal. Pues bien, es imprescindible construir este relato cívico –quizás aburrido, poco apto para una superproducción- de la responsabilidad, el trabajo, el respeto y la convivencia. Y es posible que para eso tengamos que reconstruir algo de ese capital social del que habla Haidt. El caso español es especialmente urgente. Si no conseguimos crear un relato inspirador, y emprendemos una regeneración de la sociedad en su conjunto, es posible que nuestra escasa cohesión y nuestra tendencia centrífuga al “¿qué hay de lo mío?” nos oriente hacia un futuro complicado.

NOTAS
[7] Haidt convierte la palabra WEIRD (raro) en acrónimo de Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic: occidentales, con estudios, industrializados, ricos y democráticos.
[8] Ver Matrix.
[9] Haidt empezó diseñando los llamados “tabús en los que no existe daño”, y comprobó que suscitaban juicios morales inmediatos que el jinete del elefante se veía incapaz de justificar: normalmente se intenta buscar la existencia de un posible daño, pero el intento infructuoso no hace que el elefante cambie de dirección. He aquí un par de ejemplos:
"Dos hermanos adultos y solteros pasan las vacaciones juntos. Una noche deciden practicar sexo entre ellos. Nadie se entera, la experiencia les resulta agradable y no les causa ningún tipo de problema psicológico, pero deciden no repetirla de nuevo".
"Un hombre que vive solo va a la carnicería una vez a la semana y compra un pollo sin trocear. En la intimidad de su casa lo sodomiza, y a continuación lo cocina y se lo come".
Ustedes mismos.
[10] Según Robert Trivers “ayuda a quien esté dispuesto a ayudarte” es una estrategia evolutivamente estable, más eficaz que “ayuda indiscriminadamente a todo el que lo demande”, que invita a la explotación, o “aprovecha tú pero no des nada a cambio”, que en poco tiempo destruye la cooperación.
[11] Si tienen oportunidad, busquen en la web información sobre el famoso experimento de Robbers Cave llevado a cabo por el psicólogo social Muzafer Sherif, que demuestra nuestra tendencia natural a formar grupos competitivos.
[12] La terminología ‘liberal’ y ‘conservador’ se refiere al electorado estadounidense, y no es exactamente extrapolable a izquierdas y derechas europeas. Los liberales equivalen a los votantes demócratas, y los conservadores a los republicanos.
[13] El relato liberal podría resumirse así: “hubo un momento en que las sociedades eran opresivas, antiigualitarias y dominadas por la superstición. Las nobles aspiraciones humanas por la igualdad y la libertad lucharon por establecer cambios. Sin embargo aún hay inercias y residuos del pasado, que los conservadores se empeñan en mantener, que impiden alcanzar la plena realización de todos”. Obsérvese que en la heroica narrativa de la izquierda la autoridad, la jerarquía y la tradición son las cadenas que han mantenido esclavizados a los hombres. Esta narrativa se basa en la preocupación por los oprimidos y en la búsqueda de la libertad. Es un relato heroico, aunque frecuentemente se practique desde un sofá, que presenta a las masas asaltando la Bastilla y liberando a los oprimidos –las cabezas cortadas no suelen aparecer en el montaje final-. Por el contrario el relato de los conservadores tiene mucho menos tirón visual. No es tan heroico, es más defensivo; no habla de asaltar, sino de preservar lo que hemos recibido sabiendo que es muy precario.
[14] Recuérdese la formulación del principio del daño de John Stuart Mill en una entrada anterior.

sábado, 13 de agosto de 2016

a.t.p.: JONATHAN HAIDT Y LA MENTE VIRTUOSA (1)


Cuando en los 80 del siglo XX Jonathan Haidt aterriza en el mundo académico se encuentra lo habitual: un dominio del pensamiento de izquierdas que llega incluso a condicionar los enfoques científicos. El propio Haidt no es inicialmente ajeno a esta corriente de opinión, pero experimentará una caída del caballo. Él está preocupado por la creciente polarización de la vida política, el incremento de la agresividad entre los bandos, y la nula comprensión y comunicación entre ellos, y utilizará la teoría que desarrollará para intentar limar asperezas:

«Empecé por resumir las explicaciones habituales que los psicólogos habían estado ofreciendo durante décadas: los conservadores son conservadores porque han sido educados por parientes excesivamente estrictos, o por un exagerado temor hacia el cambio, la novedad y la complejidad, o porque sufren de temores existenciales y por consiguiente se agarran a una visión simplista del mundo sin sombras grises. Todas estas explicaciones tenían una característica en común: usaban la sicología para diagnosticar el conservadurismo. Hacían innecesario a los liberales tomar en serio las ideas conservadoras porque éstas estaban causadas por una mala infancia o por características desagradables de la personalidad. Sugerí un enfoque completamente distinto: empezar por asumir que los conservadores son tan sinceros como los liberales y a continuación usar la Teoría de los Fundamentos Morales para entender las matrices morales de ambas partes».

Su libro The righteous mind -La mente virtuosa- es deslumbrante, aunque difícil de resumir y sintetizar. Empecemos por dar algunos brochazos previos antes de entrar en su teoría y su aplicación al debate partidista.

1) Hume tenía razón.

En todo el pensamiento occidental, y muy especialmente desde la Ilustración, la razón, el pensamiento consciente, se ha considerado el atributo definitivo del hombre que lo diferencia de los animales, capaz no sólo de desentrañar todos los mecanismos de la naturaleza sino de someter y dirigir sus propios instintos y pasiones. Sin embargo el papel que David Hume le atribuía era notablemente más modesto:

«La razón, y así tiene que ser, solamente es sierva de las pasiones, y no puede aspirar a otra función que servirlas y obedecerlas».


Esta clarividencia, absolutamente a contracorriente, es admirable. A lo largo del libro Haidt desarrolla una potente alegoría en este sentido:

«La mente está dividida, como un jinete sobre un elefante, y la función del jinete es servir al elefante. El jinete es nuestro razonamiento consciente –la corriente de palabras e imágenes de las que nos damos perfecta cuenta-. El elefante es el otro 99% de procesos mentales, aquellos que tienen lugar fuera de nuestra consciencia pero que realmente gobiernan nuestro comportamiento».

El jinete representa nuestro yo consciente; el elefante es ese misterioso conjunto de mecanismos no conscientes -instintos, tendencias, gustos, atajos mentales- que determina nuestro funcionamiento [1]. Pero el jinete no es un filósofo encargado de encontrar la verdad, sino que ha evolucionado para servir al elefante. La razón no guía al elefante: es más bien su abogado o su portavoz, encargado de proporcionar justificaciones y racionalizaciones post-hoc a los movimientos de aquél aunque casi nunca los entienda. En este sentido este singular portavoz es el primer engañado por sus propios argumentos.

El libro abunda en teorías y experimentos impactantes que confirman esta tesis. Por ejemplo El error de Descartes de Antonio Damasio, que trata sobre pacientes con daños en la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC) y cuya respuesta emocional cae a cero. Estos pacientes no olvidan lo que es el bien y el mal, no pierden inteligencia, pero su capacidad de tomar decisiones se colapsa incluso en materias puramente analíticas. He aquí a personas cuya razón se ha desconectado de la pasión, pero el resultado no es una razón liberada, sino el asombroso descubrimiento de que la razón requiere pasiones: cuando el elefante desaparece, la razón pura no parece servir de mucho. [2]

Hay que entender, por tanto, que las emociones forman parte del proceso de cognición. Una primera fase es intuitiva, guiada por emociones y atajos mentales, y otra de razonamiento consciente. ¿Por qué tenemos esta extraña estructura mental? ¿Por qué el jinete ha evolucionado para ser un abogado y no un científico o un filósofo en busca de la verdad? La respuesta está en esta otra pregunta: ¿qué era más importante para la supervivencia del individuo, la verdad o la reputación?



2) ¿Y la moral? De nuevo Hume tenía razón.

¿De dónde viene la moral? ¿Cómo llega un niño a distinguir lo que es bueno y malo? Surgen inmediatamente dos posibilidades: por naturaleza o por educación. Los que optan por la primera opinan que nuestra moral viene de fábrica, precargada, bien inscrita por dios o moldeada por la evolución. Pero si esto es así ¿por qué se observan diferencias morales entre personas y culturas? Por otra parte los que creen que la moral proviene de la educación piensan que el niño es una pizarra en blanco donde educadores, reformadores y gente aún peor puede escribir lo que mejor le parezca. Existe aquí una pregunta relacionada: ¿trasciende la moral la naturaleza humana, de modo que puede deducirse por la razón, tal y como Platón o Kant creían? A partir de los 80 del siglo XX Jean Piaget y Laurent Kohlberg abrieron una variante racionalista según la cual el niño desarrolla su propia moral a partir de los juegos y de sus experiencias con el daño y la injusticia. Esta corriente se hizo rápidamente dominante, porque encajaba con la idea progresista según la cual la autoridad de los padres no hace más que entorpecer el saludable desarrollo del niño, y es con la que se encontró Haidt.

En todo este asunto las teorías de Hume vuelven a ser discordantes:

«La moral no se encuentra en la naturaleza abstracta de las cosas, sino que tiene que ver totalmente con el sentimiento o gusto mental de cada ser en particular; de la misma forma que las diferencias de dulce y amargo, caliente y frío, derivan de la particular sensación de cada sentido u órgano. Por tanto las percepciones morales no deberían ser clasificadas entre las operaciones del entendimiento, sino entre los gustos o sentimientos».

Quedémonos con esta alegoría de los gustos. Si el juicio moral es una percepción más, la ciencia moral debería comenzar con un cuidadoso estudio de los receptores del gusto moral: según Haidt son seis, las diferencias entre distintas personas y distintas sociedades se deben a que se modulan como los campos de un ecualizador, y los veremos más adelante. En cualquier caso, todo parece indicar que también la moral se encuentra en el elefante.



3) Glaucón tenía razón, César a medias, y Platón se equivocaba.

Los experimentos demuestran que, aunque creamos o afirmemos lo contrario, estamos obsesivamente preocupados por lo que los demás piensan de nosotros. Y así las cosas ¿es mejor ser virtuoso o parecerlo? En La República Platón se enfrenta a este dilema. Su hermano Glaucón, que es del sector escéptico, pide a Platón que se imagine a un hombre que tuviera el anillo de la invisibilidad de Giges [3]: este hombre se dedicaría a robar, a seducir a mujeres, e incluso a asesinar a sus enemigos, con la total tranquilidad que le habría proporcionado el anonimato. Platón se dedica a desmontar esta teoría y a demostrar que, del mismo modo que la ciudad debe ser gobernada por el filósofo, la persona debe ser gobernada por la razón, cuya principal virtud es la búsqueda de la verdad que nos acerca a los dioses etc. Pues bien, todo parece indicar que Glaucón tenía razón y que nuestra tendencia natural no es hacia la honradez.

Todos -y no sólo los políticos- somos naturalmente poco honrados. Experimentos de laboratorio demuestran que si alguien es situado en una situación en la que nadie se va a enterar de lo haga –es decir, se le proporciona invisibilidad, ya sea con el anillo de Giges o con una tarjeta black- y en la que va a encontrar facilidades para autojustificarse, una sorprendente proporción de gente engaña. Los propios filósofos no son ajenos a esta tendencia: entre los libros que menos se devuelven en las bibliotecas de las universidades están los de ética:

«Mentimos, engañamos y justificamos tan bien que honradamente creemos que somos honrados».

La razón de este comportamiento es evolutiva. Nuestras sociedades son milagrosos ejemplos de cooperación entre seres que no comparten genes. El mayor peligro para la cooperación está en el gorrón, el aprovechado, y en general todo el que se desvía de la corriente de opinión dominante, de modo que hemos desarrollado el hábito de vigilar a los demás y presentar una imagen aseada de nosotros mismos: por eso es fundamental la reputación. En este proceso el razonamiento consciente –el jinete- funciona como un abogado que automáticamente justifica cualquier posición tomada por el elefante. Con ayuda de este abogado somos capaces de mentir y engañar tan eficazmente que nos convencemos incluso a nosotros mismos [4]. En este mundo glauconiano las apariencias son más importantes que la realidad. No es que la mujer de César deba ser honrada y además parecerlo: lo importante es que lo parezca.



4) Y para colmo somos un 90% chimpancés y un 10% abejas.

Todos hemos oído hablar que nuestros genes son egoístas: la selección favorece únicamente a los que se preocupan de perpetuar sus propios genes. ¿Son impensables por tanto el altruismo y la abnegación, la capacidad para sacrificarse por un bien común de la sociedad? Que abejas o termitas lleguen a formar comunidades donde el todo es más importante que la parte, y la parte es capaz de sacrificarse por el todo, se explica genéticamente porque tanto las abejas de una colmena como las termitas de un termitero mantienen relaciones de parentesco entre sí, comparten genes, y si su destrucción favorece la pervivencia del grupo el saldo genético es favorable. Pero cuando, como en los grupos humanos, no existe tal parentesco ¿es posible la selección natural de grupo o sólo la individual? Darwin creía que era posible:

«Cuando dos tribus de hombres primitivos, viviendo en el mismo territorio, entraban en competición, si –manteniéndose igual el resto de circunstancias – una de los tribus incluía un buen número de miembros cooperadores, leales y con coraje, que siempre estuvieran dispuestos a alertarse, ayudarse y defenderse entre sí, esta tribu tendría más éxito y conquistaría a la otra. La ventaja que tienen soldados disciplinados sobre una horda indisciplinada se deriva principalmente de la confianza que cada soldado siente en sus camaradas (…) Los egoístas y revoltosos no se cohesionan, y sin cohesión nada puede ser conseguido. Una tribu rica en las cualidades mencionadas se extenderá y vencerá a otras tribus».


Sin embargo la evolución grupal quedó completamente desacreditada tras el horror del nazismo, cuyo ‘darwinismo social’ lo llevaba a legitimar la destrucción de las razas inferiores por la aria. Más tarde autores como Dawkins aceptaron que era posible en teoría, pero poco probable en la práctica. El problema está en que el abnegado, el que se sacrifica por la tribu, por definición tendrá menos probabilidades de perpetuar sus genes que el cobarde o el aprovechado. Con el tiempo, por tanto, las comunidades estarán integradas por descendientes de los egoístas, con la carga genética de éstos. Haidt defiende sin embargo la selección en todos los niveles, y que las ventajas en el nivel tribal en la selección de grupo compensan los inconvenientes en el nivel individual, incluso para los abnegados:

«En los grupos en los que esas características son comunes (las de abnegación a favor del grupo) reemplazarán a los grupos en los que son raras, incluso aunque estos genes impongan un pequeño coste a su portador».

Esto garantiza la pervivencia de los genes abnegados en conjunto, aunque dentro de cada grupo los cobardes puedan reproducirse más eficazmente. Hay que tener en cuenta, además, que las sociedades abnegadas desarrollan sus sistemas de rechazo hacia el cobarde: le resultará más difícil relacionarse o aparearse. La selección opera, pues, también a nivel de grupo. Y la moral es una adaptación que ha evolucionado por selección natural al nivel individual y al nivel de grupo: las tribus con miembros más abnegados fueron reemplazando aquellas con miembros más egoístas. Por eso nosotros tenemos ahora un fuerte componente tribal, y una predisposición a convertirnos en masa dadas determinadas circunstancias.

Haidt describe cómo en los días siguientes al 11-s experimentó la necesidad de manifestar externamente su pertenencia al grupo. Describe su embarazo ante la idea de poner una banderita en el coche –los sesudos profesores universitarios no hacen esas cosas-, y cómo solucionó el expediente poniendo una banderita de Estados Unidos y otra de Naciones Unidas.


Así pues tal y como afirmaba Durkheim tenemos una doble naturaleza, individual y grupal. Hay un interruptor en nuestras cabezas que activa el modo-colmena cuando las condiciones son adecuadas [5]. El entrenamiento en el ejército produce este efecto. También la actividad física acompañada de cierta música, especialmente si se complementa con drogas –véanse las fiestas rave- [6]. Nuestra evolución nos ha dotado de un fuerte componente tribal. Esto es preocupante, porque cuando nos fundimos en la masa nuestra capacidad de razonar desaparece y buscamos a quien aporrear. Por otra parte ¿habríamos construido nuestras sociedades sin ese componente tribal? ¿Y pueden sobrevivir las sociedades que carecen por completo de él, o están condenadas a sucumbir ante las que sí lo tienen?

«Puede sonar deprimente pensar que nuestras mentes virtuosas son básicamente mentes tribales, pero las alternativas son peores. Nuestras mentes tribales favorecen nuestra tendencia a la división, pero para empezar sin un largo periodo de vida en tribu no habría nada que dividir».

En resumen, nuestra moral está formada por un ecualizador moral de seis módulos al que hemos llegado por adaptación evolutiva individual, y un interruptor que nos coloca en modo-colmena en determinadas situaciones al que hemos llegado por evolución grupal. No hemos evolucionado para ser filósofos en busca de la verdad, mentimos con gran soltura incluso a nosotros mismos, somos glauconianos preocupados exclusivamente por las apariencias, y poseemos un interruptor que nos desconecta de nuestra individualidad y nos pone en modo tribu. No parece muy estimulante, pero al menos así no nos llevaremos a engaño. En la próxima entrada veremos los componentes de nuestro ecualizador moral y las diferencias de ajustes entre izquierdas y derechas.


NOTAS

[1] A grandes rasgos el elefante parece coincidir con lo que Daniel Kahneman llama Sistema 1, y con lo que Vilfredo Pareto llama ‘Residuos’. Todos ellos parecen estar detectando una misma realidad, aunque sus conclusiones no sean idénticas. Es normal: sus investigaciones son como proyecciones de una linterna en un inmenso cuarto oscuro –nuestros mecanismos inconscientes-desde distintos ángulos.

[2] Este es por cierto el error de Raskolnikov, la creencia en que un acto atroz como el asesinato de una usurera puede ser analizado fríamente desde la razón, sin esperar las oleadas de horror que inmediatamente lo asaltan, supongo que desde la vmPFC.

[3] Giges, rey de Lidia.

[4] Lo conseguimos mediante atajos mentales y mecanismos como el sesgo confirmatorio. Cuando deseamos creer algo nos preguntamos buscamos a continuación datos que lo confirmen, pero no aquellos que podrían invalidarlo. Y de forma inversa cuando no queremos creer algo buscamos afanosamente datos en contra, pero no los que podrían confirmarlo.

[5] Esto coincide totalmente con lo afirmado por Gustave LeBon en Psicología de las masas.

[6] La oxitocina y las neuronas espejo parecen tener algo que ver en el proceso. Por cierto, si Benjamingrullo cae por aquí le agradecería que me diga dónde puedo encontrar un texto de Aldous Huxley en el que dice que las personas más racionalistas son especialmente sensibles a disolverse en un grupo al toque del tam tam.

Imágenes: 1) Haidt; 2) La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio: imagen estereotipada de los filósofos usando la razón pura para alcanzar la verdad; 3) El elefante y su jinete; 4) David Hume; 5) El sinvergüenza de Giges espiando, con bastante descaro, a la mujer del previo rey Candaules. Y eso que aún no tenía el anillo.; 6) Cazadores cooperando; 7) ¿Habríamos llegado a esto sin el interruptor de  colmena?.


sábado, 23 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (y 11)



El juicio por herejía contra Cola di Rienzo avanza sin especial urgencia y con los retrasos burocráticos habituales; en todo caso, después de las emociones provocadas por su llegada el interés se ha apagado notablemente, y la gente de Aviñón dedica su atención a otros asuntos. El primer registro que aparece en las actas es la compra de una cama para el reo; después otros gastos realizados por Michele de Pistoia, alguacil encargado de su seguridad. El tribuno tampoco tiene prisa porque las alternativas parecen ser la prisión de por vida o la incineración en una hoguera; mientras tanto, tal vez para ablandar a los que van a juzgarlo, lee ostentosamente la Biblia, un texto más ortodoxo que sus anteriores lecturas. El momento procesal más relevante ocurre en diciembre de 1352: el papa Clemente VI, ateniéndose estrictamente a las profecías de Fra Angelo, muere.

El nuevo papa Inocencio VI se enfrenta a un doble problema heredado: la anarquía en Roma y las amenazas a la integridad de los dominios pontificios.

En cuanto a lo primero, a pesar de los consejos de Petrarca la comisión de cardenales encargada de las reforma del gobierno de Roma ha fracasado estrepitosamente. Los barones de nuevo campan a sus anchas, y los romanos, hartos, han tomado sus propias decisiones: en diciembre de 1351, reunidos en Santa María la Mayor, han declarado señor absoluto de la ciudad al plebeyo Giovanni Cerroni –lo que coincide con la principal recomendación de Petrarca-. Pero la situación, y el carácter de los propios romanos, resultan totalmente inmanejables, y en poco tiempo Cerroni se ve obligado a huir. Los barones recurren al usual sistema de dos senadores y nombran a Bertoldo Orsini y Stefanello Colonna. Esta decisión no es refrendada por el papa, que desde Aviñón nombra a su vez a Giovanni Orsini y Pietro Sciarra Colonna. Así pues en enero de 1353 hay cuatro senadores rivales gobernando Roma, pero la cosa acaba solucionándose por sí sola. En febrero, debido a la escasez de grano, los precios están por las nubes, y los indignados romanos rodean a los senadores en el mercado. Bertoldo Orsini es apedreado hasta la muerte, y Stefanello Colonna, más joven y vigoroso, se las arregla para huir. Ahora los dos senadores nombrados por Aviñón ostentan el mando indisputado, pero está situación tampoco durará mucho. Pocos meses después los romanos nombran a Francesco Baroncelli tribuno de Roma, segundo después de Cola di Rienzo.


Y en cuanto a lo segundo, los estados pontificios están siendo erosionados por todas partes. En el propio distrito de Roma el antiguo prefecto Giovanni de Vico, señor de Viterbo a quien Cola di Rienzo derrotó en su breve reinado, ha recobrado energías y se ha adueñado de dos terceras partes del territorio amenazando la propia urbe. De momento el papa lo ha contenido con la ayuda de Fra’ Moriali, quizás el más poderoso condottiero del momento. Jean de Montreal d’Albarno, proveniente de una aristocrática familia de la Provenza, ha sido Caballero Hospitalario –de ahí lo de fra'-, y ha llegado a Italia en el ejercito de Luis de Hungría en su camino hacia Nápoles. Tras la marcha de éste se ha incorporado a los mercenarios de la Gran Compañía de Werner von Urslingen, y después ha tomado el mando. Por el momento ha servido al papa, pero su fidelidad es cambiante en función del dinero, del que Fra’Moriali ha conseguido amasar una considerable cantidad; con ello planea crear un estado en el centro de Italia.

Para la reconstrucción de los dominios pontificios Inocencio VI va a contar con una ayuda inestimable, la del cardenal español Gil de Albornoz. Albornoz es “un soldado y diplomático vestido con ropas eclesiásticas”. A las órdenes de Alfonso XI de Castilla ha participado en la batalla del Salado y en el sitio de Algeciras. En junio de 1353 el nuevo papa lo nombra legado plenipotenciario del papa para los estados pontificios, y cumplirá su tarea con gran eficacia [21].

Y para solucionar el problema romano Inocencio VI cree tener un as en la manga.

___________________

Petrarca ha ignorado las llamadas del tribuno a su llegada a Aviñon, pero las cosas parecen haberse calmado. El nuevo papa, además, no se ha visto personalmente afectado por las sucesivas traiciones de Cola di Rienzo, por lo que su animadversión hacia éste es menor. En estas circunstancias Petrarca vuelve a tomar la pluma y escribe una epístola a los romanos:

«¡Pueblo invencible, conquistador del universo, mi pueblo! Es a ti a quien me dirijo desde el anonimato. Debo discutir asuntos de la mayor importancia, y brevemente».

Petrarca promete brevedad, pero en vano. Antes de entrar en materia se pone a defender la conveniencia de que todos los reinos temporales estén unidos, y que lo estén bajo el gobierno de Roma, y cita a Virgilio que prometió incluso la inmortalidad de la Urbe. Pero ¿es posible la inmortalidad de un reino terrenal? Eso lo lleva a discutir argumentos de Virgilio y San Agustín a favor o en contra de la posible eternidad de Roma. Al final acaba reconociendo que San Agustín tiene razón, pero libera de culpa al poeta –ahora que intenta exculpar al tribuno de los cargos de herejía no es cuestión de inculpar al propio Virgilio- y se la echa nada menos que a Júpiter («Si en algún pasaje de sus obras prometió inmortalidad al imperio Romano, debe observarse que no hablaba en primera persona, sino que ponía las palabras en boca de Júpiter, de modo que la mentirosa profecía y la falsa promesa deben ser atribuidos al mentiroso Dios»). Para cuando el poeta retoma el hilo ha transcurrido un número notable de páginas.


«Vuestro anterior tribuno está ahora –oh visión melancólica- prisionero de un extranjero (…) Está acusado, no de abandonar, sino de defender la causa de la libertad. Está siendo condenado, no por haber desertado, sino por haber organizado el Capitolio. Este finalmente es el mayor cargo contra él, un crimen que debe ser expiado en el patíbulo: que ha tenido la presunción de afirmar que incluso hoy el Imperio Romano está en Roma y a disposición del pueblo de Roma. ¡Época impía! Que estás haciendo ahora, Cristo, infalible e incorruptible juez de todas las cosas? ¿Dónde están tus ojos, con los que disipas las nieblas de la miseria humana?».

Como defensa no está mal. Olvida que Cola di Rienzo está siendo juzgado por herejía –y de paso todas sus traiciones- y centra el asunto en una mera cuestión terminológica que no está siendo juzgada: si el sacro imperio que se dice romano debe estar en Roma. Eso lo lleva a exhortar al pueblo romano:

«Por tanto os ruego y suplico, pueblo ilustre, que no abandonéis a vuestro conciudadano en esta hora de extrema necesidad. Mandad una embajada formal, señalad que os pertenece y reclamadlo como vuestro (…) aún no han alcanzado el nivel de locura de atreverse a denegar que teméis derecho de jurisdicción sobre vuestros propios ciudadanos (…) Insistid que a vuestro conciudadano se le dé un juicio público y que no se le deniegue el derecho a un abogado. Exigid que él, cuyas acciones fueron realizadas a la luz del día y que derramó tanta esplendor en la tierra como es humanamente posible, no sea condenado en la oscuridad (…) Protegedlo si lo juzgáis inocente; dictad sentencia si lo juzgáis un criminal o un culpable; pero al menos evitad la posibilidad de que sea condenado de acuerdo con el capricho de cualquiera que pueda desearlo».


Y apela eficazmente a sus emociones:

«Creedme, si una sola gota de la vieja sangre aún corre por vuestras venas, teméis no escasa majestad, no mediocre autoridad (…) Nada es menos romano que el miedo; os predigo que si tenéis miedo, si despreciáis vuestro propio valor, muchos de igual manera os despreciarán, y ninguno os temerá. Pero si empezáis a dejar claro que no seréis dejados de lado, seréis respetados en todas partes».

Finaliza Petrarca con lo que parece cierto remordimiento por recomendar tanto heroísmo mientras él ha estado en silencio y permanece aún en el anonimato:

«Yo mismo que os estoy escribiendo no debería rehuir quizás morir por la verdad si mi muerte supusiera alguna ventaja para el estado. Sin embargo debo permanecer en silencio, y no debo añadir mi nombre a esta carta, suponiendo que su estilo será suficiente para revelar al escritor».

Cola di Rienzo tampoco permanece inactivo ante el cambio de panorama. Para empezar escribe una carta a Ernst Von Pardubitz rogándole que, de ser posible, no haga públicas las cartas que le escribió en Praga:

«Recuerdo que en otro tiempo, cuando mi mente estaba alterada, perturbada por el miedo, y por decirlo así, ebria, os escribí muchas cosas, y aunque no dudo de la verdad de lo que expresé tan mal, me remito a vuestro mejor juicio y las retiro a causa de los oscuros espíritus que me torturaban en aquel tiempo».

Toda la culpa era de Fra Angelo, ese “ángel satánico” que lo engañó con las manzanas de la tentación. De hecho, continúa el tribuno, se le acaba de aparecer y lo ha rechazado airadamente. Ahora no cree en profecías y se arrepiente del daño causado con su credulidad. Cola di Rienzo continúa, por tanto, en plena forma, y éste es el as en la manga que el astuto Inocencio VI guarda en la manga para solucionar el problema de Roma y desactivar simultáneamente a todos los barones y Baroncelli posibles. Así lo describe un íntimo colaborador del pontífice:

«El papa concibió el plan de liberar de prisión a Cola di Rienzo que insistentemente prometía que sería el más ardiente campeón para mantener la supremacía papal. El papa esperaba que otros tiranos serían aplastados por Cola di Rienzo, cuyo nombre gozaba aún de buena reputación entre muchos».


Resumiendo, el papa decide levantar los cargos de herejía y nombrar senador al tribuno. En septiembre de 1353, pertrechado con una suma de 200 florines, Cola di Rienzo abandona Aviñón. Un mes más tarde se encuentra con Gil de Albornoz en Perugia. El cardenal desconfía profundamente del zascandil, y marcha a luchar contra Giovanni de Vico. La historia de Cola di Rienzo se acerca a su fin, pero aún tiene que pasar por el sainete y por el drama. El tribuno se entera de que en Perugia se encuentran Brettone y Arimbaldo, hermanos pequeños de Fra’ Moriali y doctor en leyes el segundo. Cola di Rienzo se hace el encontradizo con Arimbaldo, que queda halagado por la atención del famoso tribuno. Se hacen amigos en torno a una botella de vino y a partir de ahí según cuenta el cronista “comían juntos y dormían en la misma cama”. Finalmente el tribuno le cuenta que ha sido nombrado senador, y le ofrece ser general de Roma si contribuye a financiar el ejército. Arimbaldo, que de algún modo tiene poder de disposición sobre la fortuna de Fra’ Moriali, aporta 4.000 florines de oro. Con trescientos hombres a caballo contratados con el dinero que ha birlado al temible condottiero el tribuno se dirige finalmente a Roma. Albornoz ya ha sojuzgado a Vico y ocupado Orvieto cuando en su cuartel general aparece Cola di Rienzo. Mientras tanto la caballería del Fra’ Moriali merodea los lindes de los estados pontificios sin decidirse de momento a entrar.

En noviembre de 1353 Albornoz entra en Roma por una puerta mientras Baroncelli sale por otra, pero el cardenal aún mantiene alejado a Cola di Rienzo. El tribuno tendrá que esperar hasta el 1 de agosto de 1354, aniversario de su nombramiento como caballero, de la proclamación de Roma como capital del mundo, y de la convocatoria a todos los monarcas del mundo para acudir a rendir pleitesía, para volver a entrar en Roma en medio de una de sus clásicas procesiones. «Sin resistencia por parte de sus oponentes Rienzo ha llegado al Capitolio con gran jubilo y honores. De momento se está comportando bien. Espero que siga haciéndolo y que trabaje por el bien común» dice Albornoz.

Pero los aristócratas romanos no están contentos, y con su líder Stefanello Colonna rehúsan prestar juramente de fidelidad. Es el momento de que los generales Arimbaldo y Brettone se ganen sus galones. El tribuno los envía a someter Palestrina, ante cuya vista quedan ambos paralizados. En ese momento Cola di Rienzo se entera de que Fra’ Moriali ha llegado a Roma con 40 de sus caballeros, y que parece estar negociando con los Colonna la eliminación definitiva del tribuno. Cola di Rienzo convoca al mercenario al Capitolio para hablar de dinero; el imprudente condottiero acude y es apresado. Cola di Rienzo decide ensanchar su fama a costa de Fra’ Moriali y de paso solucionar sus problemas financieros. Lo somete a tortura para que confiese sus crímenes y dónde está su dinero, pero Fra’ Moriali resiste con dignidad. «Confieso que soy un caballero, y que la guerra es la guerra, no mejor ni peor si es conducida en nombre de otro o por iniciativa propia». Cola di Rienzo lo condena a muerte. Ante el patíbulo Fra’ Moriali se encara con la multitud: «Romanos, ¿por qué consentís mi muerte? Nada os he hecho. Vuestra pobreza y mi dinero son las únicas razones por las que debo morir». Tiene razón.


En su nuevo y breve reinado Cola di Rienzo viste siempre armadura y está continuamente rodeado por una escolta de cincuenta soldados. Ya no le quedan amigos, y somete a la ciudad a continuas exacciones para mantener su ejército y su lujo. Ha engordado, y el insomnio le ha dejado una expresión de permanente estupor. Vive presa de un temor que se materializa el 8 de octubre de 1354, sesenta y nueve días después de su reentrada en Roma. Una turba inflamada por los Colonna, o por hombres de Fra'Moriali, o por el propio cardenal, penetra en palacio y arrastra a Cola di Rienzo hasta las escaleras del Capitolio. Allí permanece el tembloroso tribuno cerca de una hora hasta que una espada descarga el primer golpe. Sus despojos son llevados a la plaza de San Marcelo, en los dominios de los Colonna; allí permanece colgado unos días a merced de las piedras de los niños. También son dos Colonna los que, en una burla final, reducen a cenizas los restos del que se llamó Tribuno Augusto precisamente ante el Mausoleo de Augusto.


NOTAS
[21] Gil de Albornoz no sólo asegurará las fronteras de los estados pontificios, sino que le proporcionará una estructura jurídica, las Constituciones Egidianas, que tendrán validez jurídica hasta 1816. Las Constituciones dividen los estados pontificios en cinco provincias: Campania y Marítima, ducado de Spoleto, Marca de Ancona, Patrimonio de San Pedro y Romaña, cada una gobernada por un rector designado personalmente por el papa.

Imágenes: 1) Inocencio VI, por Henri Segur; 2) Caballeros Hospitalarios; 3) Una batalla de la Reconquista; 4) Petrarca y Laura; 5) Petrarca y Dante; 6) El cardenal Gil Álvarez de Albornoz, por Matías Moreno González. Museo del Prado; 7) El cardenal Gil de Albornoz entregando la capilla del Real Colegio de España al papa San Clemente. El Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles –este es su nombre completo- fue creado por el cardenal en Bolonia tras conquistarla, y todavía está en funcionamiento para los estudiantes de derecho españoles; 8) Muerte de Cola di Rienzo en el Capitolio. Fuente de las imágenes: Wikimedia Commons.


BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
El hilo conductor de esta historia ha sido la correspondencia entre Petrarca y Cola di Rienzo, y por eso son fundamentales las recopilaciones de cartas de Mario Emilio Cosenza (1880-1966), y en especial la reciente reedición Francesco Petrarca and the revolution of Cola di Rienzo, con comentarios de Ronald Musto.

En italiano. Con respecto a la historia del tribuno hay que partir de la Cronica dell’Anónimo Romano, obra de un historiador contemporáneo de Cola di Rienzo –según algunos, Bartolomeo di Iacovo da Valmontone-. Parte se publicó separadamente con el título Vita di Cola di Rienzo, que está repleta de detalles pintorescos y es más amena que la Storia di Roma del medioevo, de Ferdinand Grigorovius. Y si alguien está especialmente animado puede leer La vita di Cola di Rienzo de Gabrielle D’Annunzio. Es un libro bastante sesgado ya que la simpatía de D’Annunzio hacia Cola di Rienzo es evidente - lo consideraba sin matices un patriota italiano-.

En inglés está Rienzo de Victor Fleischer, que contiene mucha información, y Greater than Emperor. Cola di Rienzo and the World of Fourteenth-Century Rome de Amanda Collins.

En español hay poca cosa sobre Cola di Rienzo, pero para entender cabalmente las distintas sectas milenaristas hay que acudir a En pos del milenio, de Norman Cohn. Realmente este es un libro imprescindible.

Y por supuesto hay que navegar por el mar de información, a veces valiosa y a veces no, de la red.

domingo, 17 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (10)


Según algunos el alquimista Johannes de Rupescissa es francés de Auvernia, y otros dicen que es catalán de Peratallada. A favor de esta segunda hipótesis hay varios argumentos. Está la semejanza entre su nombre y el de su posible población de origen –ambos evocan, aunque no exactamente ‘piedra cortada’-. También que entre sus escritos se encuentren textos en catalán, pero ni uno solo en francés. Por último el nombre de Rupescissa o Peratallada se suele incluir junto al de Arnaldo de Vilanova y Ramón Llull, y estos últimos son indudablemente de la corona de Aragón. Se dice, en todo caso, que ha estudiado filosofía en Tolosa, que ha ingresado en los franciscanos, que se ha visto cautivado por las profecías de Joaquín de Fiore, que las ha divulgado enriquecidas con aportaciones propias, y que ha sido perseguido y encarcelado. En algún momento cercano a 1330 ha llegado a sus manos el Oráculo Angelical de Cirilo, un texto profético de gran aceptación entre los franciscanos espirituales. Se supone que Cirilo fue un sacerdote y ermitaño del Monte Carmelo que, en el transcurso de una misa, se vio sobresaltado por la irrupción de un ángel que le hizo entrega de dos tablas de plata repletas de profecías. Tras traducirlas al latín, continúa la tradición, Cirilo las mandó al propio Joaquín de Fiore que las usó para producir sus propias predicciones, de modo que para algunos el Oráculo Angelical es incluso más importante que las propias obras del abad calabrés. Rupescissa ha contribuido a dar difusión al Oráculo. Más adelante se ha centrado en la alquimia y se ha enfrascado –nunca mejor dicho- en una empresa notable, la búsqueda de la quintaesencia, una panacea a partir de la destilación de vinos escogidos.


A las pocas semanas de su llegada a la comunidad de fraticelli de los montes de Majella Cola di Rienzo es abordado por un tal Fra Angelo que le comunica varias cosas: que lo ha reconocido, que esperaba su llegada, y que según el Oráculo Angelical de Cirilo que en esos momentos enarbola –y que Fra Angelo considera de una exactitud absoluta- el ex tribuno está destinado a desempeñar un papel esencial en los acontecimientos que se avecinan. En concreto, debe contactar con el emperador vigente y entre ambos buscar a un misterioso “pastor angelical”, un nuevo Papa –que obviamente no es Clemente VI- para purificar el orden mundial, derrotar al anticristo –que este sí puede que sea Clemente VI- y preparar el inminente advenimiento de la Era del Espíritu. No le resulta difícil a Fra Angelo que Cola di Rienzo adopte este nuevo papel protagonista que se le ofrece.

Con estos mimbres Cola di Rienzo vuelve a la vida pública. En verano de 1350 viaja a Praga de incógnito, vestido de fraile, para entrevistarse con el emperador Carlos IV de Bohemia, personaje contra el que en su época de tribuno no paró de despotricar. Tal vez porque lo han reconocido, o porque continúa hablando muy bien, el tribuno consigue una audiencia con el emperador. Allí le cuenta que el mundo que conocen está próximo a su fin, y que la plaga y los terremotos han sido enviados por el creador para castigar a la iglesia corrupta y la rapacidad de los gobernantes. En realidad, continua Cola di Rienzo, de acuerdo con las profecías joaquinitas todo esto debería haber ocurrido antes, pero Dios esperó un tiempo por cariño a San Francisco y Santo Domingo. Ahora el reino del Espíritu Santo está a la vuelta de la esquina, y el emperador debe ponerse al frente de los acontecimientos, independizarse del papa corrupto, buscar al misterioso pastor angelical y marchar sobre Roma, donde para empezar erigirá un monumental templo dedicado al espíritu santo al que todos peregrinarán, incluidos los judíos y los paganos de Egipto. Cola di Rienzo desea marchar humildemente junto al emperador y allanarle el camino para que los italianos lo acepten dócilmente. Además, añade, es un gran momento para hacerse cargo de la Urbe, pues el Jubileo la ha dejado con las arcas desbordantes. En las sucesivas reuniones que mantiene con Carlos Cola di Rienzo añade algún detalle más de las profecías de Fra Angelo, por ejemplo que el vigente Papa está destinado a morir en el curso de un año y medio, y que para el año 1352 los sarracenos habrán adoptado el cristianismo. Y en otra le revela una noticia impactante: el tribuno es hijo ilegítimo del emperador Enrique VII de Luxemburgo, que en una visita no programada al Rione della Regola dejó embarazada a su madre. Así que pueden hablar de igual a igual.


El nuevo rumbo de Cola di Rienzo es asombroso incluso para quien haya presenciado todos sus bandazos previos. Aquel que no ha parado de declarar quejumbrosamente su fidelidad al papa ha devenido furibundo gibelino. El airado defensor de que Roma sólo sea gobernada por romanos le abre ahora las puertas a un bohemio al que pocos años atrás describía como ‘extranjero sediento de sangre romana’. El tribuno que se nombró a si mismo de acuerdo, según él, con las antiguas leyes de Roma pasa a declarar que sólo el emperador tiene autoridad para gobernarla - todo el que quiera gobernar sin Carlos, dice, ‘comete adulterio con la viuda Roma’-. Y para rematar pone en entredicho la honestidad de su propia madre.

Si en lugar de haber llegado hasta Carlos IV Cola di Rienzo hubiese caído en la corte de su antiguo rival Luis de Baviera, con su antipatía manifiesta a Clemente VI y sus franciscanos espirituales, quizás le habrían ido mejor las cosas. Pero Carlos es un fiel vasallo del papa, el Rex clericorum como le llama burlonamente Guillermo de Ockham, y los teólogos de Praga son más austeros, sin la capacidad para la fantasía que el relato de Cola di Rienzo exige. «Rienzo escandalizó a estos alemanes» contará el cronista. Carlos pide al tribuno que condense sus afirmaciones por escrito, lo que éste hace en extensas cartas que titula «El verdadero manifiesto del Tribuno sobre asuntos cismáticos y erróneos» y «La oración del Tribuno en respuesta al César sobre la elocuencia de la caridad». Una vez analizadas minuciosamente por el arzobispo de Praga Ernst von Pardubitz [19] éste confirma que sus opiniones parecen decididamente heréticas, por lo que deposita al tribuno en prisión. Cola di Rienzo permanece inicialmente tranquilo, pues ciertos reveses iniciales estaban incluidos en la profecía de Cirilo. Sin embargo septiembre de 1350, la fecha profetizada para su vuelta triunfal a Roma, pasa sin incidentes significativos, y comienza a ponerse nervioso. Continúa su correspondencia, tanto con Carlos como Ernst von Pardubitz, consiguiendo únicamente ser trasladado a la lóbrega fortaleza de Raudniz. El inestable temperamento de Cola di Rienzo vuelve a sumergirlo en la melancolía; escribe a Fra Angelo despidiéndose y pidiendo que cuide de su hijo.


Mientras tanto Carlos IV ha enviado noticias del encarcelamiento al papa, que inmediatamente envía una carta al arzobispo de Praga para que se lo mande o al menos lo mantenga a buen recaudo. Reitera esta petición en febrero de 1351, en tono más apremiante, recordando que el tribuno ha sido declarado hereje. Sin embargo Carlos está inmerso en su futura coronación, y decide reservarse al tribuno como una valiosa pieza para la negociación en curso. En enero de 1352 Von Pardubitz viaja a Aviñón para recordar a Clemente VI que Carlos espera ser coronado en Roma y que, a diferencia de lo que le pide Cola di Rienzo, tiene intención de salir inmediatamente después de la Urbe y no volver. La negociación no prospera, porque los florentinos y los Visconti de Milán se oponen firmemente, y el papa tampoco parece tener muchas ganas. Von Pardubitz retorna a Praga con unos enviados del papa y una carta para Carlos: «Estamos mandando instrucciones a nuestro venerable hermano Ernesto, arzobispo de Praga, al efecto de que, sin ocasionar disturbios, sea tan amable de entregar a Cola di Rienzo, el ciudadano romano condenado por herejía, a nuestros íntimos colaboradores y portadores de la presente (…) para que el dicho Cola di Rienzo sea conducido ante nos».


Carlos accede finalmente a la entrega, y a Cola di Rienzo no le parece mal. Está claro que los bohemios han resultado ser inmunes a su magnetismo. No le desagrada la idea de abandonar sus lúgubres aposentos y defenderse ante el papa en Aviñón, a quien ya cautivó cinco años atrás. Su biógrafo resume la entrega de Cola di Rienzo de una manera algo peculiar:

«Después de algún tiempo Cola pidió por favor al emperador que pudiera ir a Aviñón para aparecer frente al papa y presentarle pruebas de que no era un hereje ni un patarino [20]. El emperador dudó durante largo tiempo, pero finalmente accedió a su petición (…) En su viaje los habitantes de todos los pueblos por los que pasaba se alzaban en gran conmoción. Grandes multitudes acudían a contemplarlo con grandes gritos y alboroto. Las gentes se acercaban y le decían que querían liberarlo de las manos del papa, que no querían que lo llevaran a Aviñón. A todos les contestaba: “voy voluntariamente y no por la fuerza” Y les daba las gracias (…) Cuando Cola llegó a Aviñón habló en presencia del papa y presentó sus defensa (…) El papa permaneció en silencio ante sus palabras. Cola di Rienzo fue hecho prisionero en una sólida y espaciosa torre; una cadena notablemente fuerte fue ajustada a su pie. La cadena fue anclada a la bóveda de la torre. Allí permaneció Cola vestido con ropas bastante decentes (…) Disponía de muchos libros (…) Las cocinas del papa lo proveían de comida en abundancia».

Nada más llegar a Aviñón Cola di Rienzo intenta ponerse en contacto con Petrarca, pero éste hace oídos sordos. Quizás en parte para justificarse ante sus ojos, el poeta escribe una carta a un amigo:

«Recientemente ha llegado a la Curia, o mejor, no llegó sino que fue traído como prisionero, Cola di Rienzo, anteriormente el por todos temido Tribuno de Roma, hoy el más infortunado de los hombres (…) Rienzo entró en la Curia humillado y despreciado, aquél que una vez hizo temblar y temer a los malvados de este mundo, y que había llenado a los justos con las más gozosas esperanzas y expectativas».


Hay dos cosas que el poeta no perdona al tribuno. La primera, que no se dejara matar en el Capitolio:

«Podría haber afrontado una gloriosa muerte en el Capitolio, pero se ha sometido a las cadenas, primero de un bohemio y después de un lemosín, para su eterna deshonra y oprobio del nombre de Roma y de la república (...) A decir verdad los hechos que llevó a cabo, y los que prometió llevar a cabo cuando yo escribí sobre ellos, merecieron justamente no sólo mi elogio y admiración sino el de toda la humanidad. No creo que deba destruir ahora todas aquellas cartas por este paso en falso: que eligiera vivir en la vergüenza antes que morir en la gloria (…) El barro del que está hecha toda criatura mortal. Incluso la más sagrada y pura, puede sin duda ser destruido; pero la virtud no teme la muerte ni el reproche. La virtud es invulnerable y sobrevive toda calumnia y todo ataque inmaculada. ¡Si simplemente no hubiera manchado su honor con su letargo y cambio de propósito! No habría tenido nada que temer de la sentencia que pende sobre su cabeza excepto daño físico».

Y que no matara él mismo a los barones cuando los tuvo en su poder:

«Admito que ninguna pena es demasiado severa para Cola; primero, porque no perseveró en sus objetivos de manera tan inquebrantable como habría debido (…) y segundo porque habiéndose declarado campeón de la libertad, no debería haber permitido a los enemigos de la libertad marchar armados cuando podía haberlos aplastado de un solo golpe, una oportunidad que la fortuna no ha ofrecido nunca a un gobernante (…) Solía llamarse así mismo ‘severo y clemente’. A decir verdad, parece que decidió poner en práctica sólo la segunda parte del título y no la primera que era tan necesaria debido a la enfermedad de la república».

Y termina la carta con un enfado adicional que incluso parece supera a las dos decepciones precedentes. Según ciertos rumores Cola di Rienzo podría salvar finalmente la vida, pero no por ser un patriota sino por ser ¡un poeta! Esto resulta de lo más insultante para Petrarca que dedica el resto de una inacabable misiva a, entre innumerables citas, rebatir tal posibilidad. Porque al parecer está bien que el poeta se entrometa en las andanzas del hombre de acción, pero el hombre de acción nunca debe aspirar a convertirse en poeta.


NOTAS
[19] En bohemio Arnošt de Pardubice.
[20] La pataria fue un movimiento religioso del siglo XI centrado en Milán. Pretendían una reforma del clero, incluida la prohibición de que los clérigos mantuvieran concubinas. Posteriormente patarino se confundió con cátaro, resultando en sinónimo de hereje.

Imágenes: 1) Rupescissa y el proceso de obtención de la quintaesencia a partir del vino, similar a aquel por el que el árbol da frutos; 2) Cirilo de Constantinopla, por Zurbarán; 3) El emperador Carlos IV; 4) Ernst von Pardubitz; 5) Extensión del reino de Bohemia.

sábado, 2 de julio de 2016

COLA DE RIENZO Y PETRARCA: EL DICTADOR Y EL ARTISTA (9)



«La multitud de cristianos que fue a Roma era imposible de contar; pero de acuerdo a las estimaciones de aquellos que estaban residiendo en la ciudad, en Navidad en los solemnes días alrededor de esta fecha, y en el período entre Cuaresma y Pascua hubo continuamente en Roma entre 1.000.000 y 1.200.000 peregrinos. Más tarde, entre la Ascensión y Pentecostés, hubo más de 900.000 abarrotando las calles día y noche según se dice» [17].

El jubileo de 1350 resulta ser un éxito aún mayor que el de 1300, algo muy natural dadas las circunstancias. No sólo la peste negra ha devastado Italia y Europa llevándose consigo a un tercio de sus habitantes. Para rematar, violentos terremotos se han sucedido, primero en los Alpes, y más tarde en los Apeninos, afectando a la propia Roma donde iglesias y palacios han quedado reducidos a escombros. La impresión general es que Dios está molesto por los pecados de Europa, por la marcha del papa a Aviñón, o por cualquier otro motivo dependiendo de los gustos e interpretaciones de cada uno, y que muestra su enfado de manera bastante poco sutil. Los fieles se vuelven a las Escrituras con el celo de los primeros cristianos, y las profecías milenaristas son revisadas con especial atención. Así habla el propio Petrarca:

«El mundo ha sido destruido, llevado a su fin por la locura de los hombres y la mano vengadora de Dios (…) Aquel que narre los tiempos actuales de la humanidad a la posteridad–suponiendo que haya descendientes que nos sobrevivan- parecerá estar contando fábulas (…) En lo que a mí respecta, confieso francamente que la época actual, en la que la humanidad ha experimentado todo mal imaginable, me ha hecho más propenso a creer muchas cosas ante las que había sido escéptico (…) Hasta muy recientemente los escasos de entre nosotros que parecíamos habernos librado del naufragio universal teníamos la esperanza de que la mortal visita había amainado sus estragos y que la ira del Señor había sido apaciguada. Pero mirad –y quizás ignoréis esto- Roma misma fue tan violentamente sacudida por un extraño temblor que a nada similar puede compararse desde los más de dos mil años transcurridos desde su fundación. Las enormes estructuras antiguas cayeron en ruinas, estructuras que, a pesar del descuido de los ciudadanos, provocaban asombro en el extranjero (…) Estoy aterrorizado por muchas cosas pero sobre todo por la antigua profecía pronunciada mucho antes de que la ciudad fuera fundada e inscrita, no en cualquier texto menor, sino en las propias Sagradas Escrituras. A pesar de estar completamente absorbido por la literatura secular, y no familiarizado con las Escrituras, confieso que cuando lo leí por primera vez me estremecí, y la sangre en mi corazón se congeló. La declaración está en las páginas finales de la última profecía de Balaam: ‘Vendrán en galeras desde Italia, vencerán a los asirios, arrasarán a los judíos, y finalmente ellos también perecerán’».

Que Petrarca quede tan aterrorizado por una profecía tan inofensiva expresa bastante bien la histeria que se ha adueñado de Europa. Es en este ambiente en el que los peregrinos se apresuran a marchar hacia Roma para expiar los pecados que tanto parecen haber molestado a Dios. Previendo la afluencia de visitantes San Juan de Letrán es añadida como tercer destino de peregrinaje. De nuevo los precios se ponen por las nubes, y de nuevo los romanos experimentan una súbita prosperidad.


Pero Clemente VI mantiene la sede en Aviñón, lo que continúa siendo motivo de agravio para los romanos. El breve y pintoresco episodio del tribuno no ha alterado la situación política, y de nuevo los Orsini y los Colonna se reparten el poder en Roma. El cardenal Bertrand de Déaulx se ve incapaz de mantener el orden y es sucedido por Annibaldo di Ceccano como legado para el año jubilar, con lo que las cosas empeoran inmediatamente. Los romanos han comenzado a desarrollar una desconfianza hacia los gobernantes que los acompañará en los siglos venideros, y el nuevo legado les cae tan mal que las turbas lo increpan por la calle. Un día llegan a atacarlo y le vuelan el birrete de un flechazo. El cardenal reacciona con el comprensible enfado:

«¿Son estos los incentivos que vosotros romanos ofrecéis al Santo Padre para que venga a Roma? ¡El Papa no se asentará en estas tierras, ni siquiera un arcipreste lo hará! No puedo creer que haya venido aquí a perder mi tiempo. Estos romanos combinan la más abyecta pobreza con la mayor arrogancia».

No le falta razón. Por su parte el Anónimo Romano detallará los principales defectos de Annibaldo de Ceccano:

«En primer lugar era de la Campania; en segundo padecía bizquera; en tercero era muy pomposo y lleno de vanagloria; y en cuanto al cuarto, prefiero permanecer en silencio».

Poco tiempo después del ataque el cardenal abandona Roma y se dirige a Nápoles, y a la altura de San Giorgio súbitamente se pone enfermo, aparentemente de una indigestión de comida en mal estado. Siguiendo la prescripción de sus médicos procede a ingerir más comida como antídoto, se marcha a la cama y muere. El Anónimo Romano le dedicará un sentido epitafio: «era uno de los mejores bebedores de la iglesia de Dios». Como se sospecha que ha sido envenenado se le practica una rudimentaria autopsia que revela que tiene el generoso vientre relleno de cera. Esto no contribuye a clarificar la situación.


Un gobierno serio y estable para Roma se convierte en un asunto de importancia capital para Clemente VI. Finalmente en 1351 designa una comisión de cuatro cardenales para estudiar a fondo la cuestión: Bertrand de Déaulx, Gui de Bolonia, Guillermo Curti y Niccola Capocci. Todos ellos tienen amplio conocimiento en asuntos de gobierno, y deben escoger a un experto consultor que los asesore. El por qué eligen a Petrarca es un misterio. El poeta por su parte se muestra entusiasmado y prepara una larguísima exposición que propina a los cardenales en dos cartas sucesivas:

«Una pesada carga se ha colocado en mis débiles hombros por alguien a quien nada puedo negar y en beneficio de esa ciudad por la que cualquier rechazo es imposible».

Como era previsible Petrarca, acostumbrado a sacrificar la claridad de la exposición a la exhibición de erudición, vuelve la vista hacia los clásicos y toma como modelo la república romana. Pero antes de nada se centra en su preocupación principal:

«De las dos familias [los Orsini y los Colonna] de las que todos estos problemas surgen, no odio a la primera; por otra parte, no hace falta decirlo, no sólo amo, sino que he disfrutado de la otra a lo largo de un largo período de relaciones casi familiares. De hecho, quiero hacer constar aquí que ninguna de las principescas familias de este mundo han sido más queridas por mí que esta última».

Ahora bien:

«Por tantos años hemos presenciado en el Capitolio el gobierno de tiranos de origen extranjero y de tantos orgullosos tarquinos (…) Por mi parte si soy consultado no dudaré en responder que de acuerdo con la costumbre Romana el Senado Romano debería estar compuesto necesariamente por ciudadanos Romanos [18]: que los extranjeros deberían ser excluidos de su umbral, no sólo aquellos nacidos en tierras lejanas sino también los latinos y todos aquellos pueblos que habitan los territorios cercanos e incluso adyacentes al de los Romanos, pueblos que, por decirlo de algún modo, comparten el mismo cuerpo que los romanos. Añado que esos extranjeros deberían ser excluidos no solo por la palabra o por la pluma, sino incluso por la espada».


Petrarca sigue expresando cierta xenofobia que le hace atribuir todos los males de Roma a la impureza, y pone el poco estimulante ejemplo de un Aulo Manlio Torcuato;

«Cuando los latinos pidieron en una ocasión que el alto consejo y la mitad del senado fuera elegido de entre los suyos, se le despertó tal agitación que juró que entraría armado en el senado y aniquilaría a todos los latinos que encontrase allí con sus propias manos. ¿Cómo se habría sentido Torcuato si hubiera visto la totalidad del senado compuesto por gente proveniente de los bancos del Rin o de Umbría?».

Otra vez el Rin. Pero cuando sale de su monomanía, Petrarca proporciona un consejo muy razonable: que para los cargos importantes se tenga en cuenta, no sólo la cuna, sino especialmente el mérito. Todo ello entre abundantes ejemplos de la antigüedad, cómo cuando los plebeyos consiguieron:

«Que un cónsul plebeyo se pudiera sentar al lado de un patricio y pudiera, con igual majestad, gobernar la patria común y el territorio ganado a través de penalidades comunes (…) Confío en que no dudéis que la ciudad de Roma abriga muchos que son más nobles y mejores que los que sólo pueden jactarse de un noble nombre pero son una carga para el cielo y la tierra».

Y termina con su diatriba habitual:

«Así, echando a un lado mi afecto por aquellos nobles que me son muy queridos y a los que tanto tiempo he apreciado, pregunto a estos tiranos extranjeros: ¿de dónde han asumido tal arrogante soberbia en una ciudad extranjera? (…) ¡Asombroso e insufrible orgullo! Acogidos en la ciudad como exiliados extranjeros, han excluido desde hace mucho a los antiguos ciudadanos de la participación de los cargos públicos, y continuarán haciéndolo si no son controlados por la mano derecha del pontífice y por las medidas que adoptéis (…) Unamos fuerzas, por tanto contra estos indeseados barones (…) No os limitéis a admitir al pueblo común de Roma a compartir su cuota en los honores públicos, sino arrebatad a los actuales indignos titulares su cargo de senador que siempre han administrado de la forma más abominable».

¿Y Cola di Rienzo? En esos momentos se encuentra en las montañas de Majella, en una comunidad de fraticelli. Su líder espiritual, Fra Angelo, lo está iniciando en las profecías joaquinistas y lo está convenciendo de que está destinado a representar un papel clave en los momentos apocalípticos que se avecinan. NOTAS: [17] Del cronista Matteo Villani (Florencia, ¿? - 1363) [18] Obsérvese que con las mayúsculas Petrarca enfatiza ‘romanos’ en vez de ‘ciudadanos’.

miércoles, 25 de mayo de 2016

A FAR AWAY COUNTRY...

Iñigo Errejón se queja de que se haga campaña «en países muy lejanos al nuestro». Sirvan estas entradas, antiguas y nuevas, para recordarle que hasta hace poco el país en cuestión no le resultaba lejano.




«Todos los Estados, todos los dominios que tuvieron o tienen potestad sobre los hombres, pueden dividirse en repúblicas o principados. Estos, a su vez, pueden ser hereditarios (…) o nuevos (…) y se conquistan con ayuda de ejércitos ajenos o propios, por fortuna o por virtud ».

Así comienza El Príncipe, de Maquiavelo. No parece una frase especialmente complicada pero, a juzgar por la clase magistral (ejem) que propina a unos pobres profesores venezolanos que pasaban por ahí, se le ha atascado al politólogo Juan Carlos Monedero. Maquiavelo habla claramente de la fuerza, la fortuna y la virtud como métodos de conquistar el estado, pero al pasar por Monedero estos tres elementos quedan convertidos en fortuna, virtud y necesidad. Vayan, vayan al capítulo XXVI exhorta Monedero a sus alumnos. Pero antes de que puedan hacerlo la fortuna, la virtud y la necesidad mudan en estructura, actores y consciencia, que suenan muy marxistas pero convierten la argumentación, la clase magistral, y al propio Maquiavelo en algo ininteligible. El capítulo XXVI, por cierto, no rectifica la enumeración inicial que abre estas líneas, pero es normal que atraiga a Monedero porque en él Maquiavelo, abandonando la frialdad que ha mantenido hasta el momento, se dedica a darle coba a Lorenzo de Medici, y lo de hacer la pelota al gobernante de turno se le da muy bien al politólogo español:

«Hay muchos que citan a Marx sin haberlo leído. Ojalá, ojalá... Yo que he tenido la suerte, como saben, de poder trabajar con el presidente Chávez… ¡cómo lee ese señor! ¡Cómo lee ese señor! Es impresionante la cantidad de lecturas que incorpora». (minuto 1:28:05)

La lectura de El Príncipe suele provocar dos tipos de reacciones. Los más idealistas quedan horrorizados y prefieren ignorar el cuadro que Maquiavelo pinta. Por el contrario los que tienen pocos escrúpulos se sienten liberados: la política era esto y sólo esto; cualquier intento de someterla a preceptos morales es propio de niños, ingenuos y/o débiles. Descubren, para su deleite, que no es que ellos sean poco honrados sino realistas, adultos en un mundo de niños. Hay por supuesto un tercer grupo, aquellos que se dan cuenta de que lo que presenta Maquiavelo es real y demuestra la necesidad de establecer límites al poder, pero Monedero no está entre ellos.

«Dónde está el límite de justificación de la actuación pública? Yo les diría que no lo hay» [1]. Por eso le gusta Maquiavelo, porque para él la política es “autónoma” es decir, independiente de cuestiones morales o de legitimidad. Y a continuación -a partir del minuto 46:00- pone tres ejemplos de la superioridad absoluta de la razón de estado. ¿Ustedes le arrebatarían sus medios de subsistencia a una persona?, les pregunta a sus atribulados alumnos. No, no, responden. Pues el estado se ve obligado a quitar el camión y la licencia a un conductor que conduce borracho. Otro ejemplo. ¿Por qué el presidente Chávez -cada vez que pronuncia su nombre Monedero parece licuarse- apoya a Muamar Gadafi o de Bashar al-Assad?

«Por necesidades de estadista. Porque sabe que cae Libia, cae Siria y eso va a envalentonar a alguno que va a decir: ahora voy por Venezuela».

Y mira que Venezuela está lejos, pero un estadista tiene la vista larga y adivina rápidamente las intenciones de sus enemigos. Por la misma razón, continúa Monedero, como hombre de Estado Chávez ha de estar radicalmente en contra de cualquier intervención de la OTAN. Porque sabe que «aunque sea para ayudar a una viejecita a cruzar la calle, la asaltan, la violan, le quitan la cartera».
Con estos ejemplos Monedero demuestra que la razón de estado puede situar al estadista por encima de la moral, del sentido común e incluso del sentido del ridículo. Pero hay otro ejemplo más ominoso, cuando Monedero habla del control de los medios por Chávez:

«Es simplemente una cuestión de realismo político. Realismo político. Maquiavelo lo que nos está diciendo es que o usted hace determinadas cosas o usted dé por perdido el nuevo principado (…) Maquiavelo diría, o usted asume elementos de fuerza para asentarse en la construcción del nuevo principado u olvídese».

Y todo sin dejar de retorcer los palabras para no renunciar a las que tienen prestigio; la manipulación de los medios por el poder político se justifica porque “la información es un bien público”; el exhaustivo intervencionismo, la proscripción de la disidencia y la vulneración de la libertad pasan a llamarse “libertad positiva”. También se encarga de diluir los derechos de la persona con algo que llama derechos identitarios o culturales, que no explica claramente -en toda su intervención no explica claramente nada- pero suenan bastante mal. Y mientras tanto no deja de advertir a sus abrumados alumnos que no se dejen embarullar por los conceptos -por los de otros, claro-.

Toda la lección magistral se reduce a una cháchara deslavazada, de la que no se puede extraer ni una idea interesante pero que está sazonada generosamente con citas de autoridad. Ni con su mejor voluntad bolivariana podrían decir sus alumnos de qué narices les ha hablado a lo largo de dos horas el entusiasta polítólogo. Porque, a falta de capacidad de argumentar, Monedero habla muy enfáticamente, gesticula sin parar, se toca continuamente la cabeza, e insulta esporádicamente a sus oyentes -no es broma-.

Uno de los episodios más cómicos -otro es en el minuto 1:08:40 cuando imita a Chávez y Uribe; el primero con voz viril, y el segundo ridículamente afeminada- es cuando se ve obligado a conciliar las tesis marxistas -el estado es gestor de los intereses de la clase dominante- con el estado encarnado en Chávez, porque a ver quién se atreve a decir que el Comandante también es una superestructura de la clase dominante. Lo arregla diciendo que «a veces el estado es capaz de emanciparse de las clase sociales para garantizar el funcionamiento del sistema. No sé si se entiende». Perfectamente. Entretanto nos enteramos de que Monedero ha tenido que «ver porno por cuestiones profesionales», lo que constituye una excusa francamente novedosa dentro del variado repertorio habitual.

Una última cosa. Tuve ocasión de asistir a una conferencia de Monedero en Mallorca en la que se burlaba de los que le llamaban chavista. Pues bien a lo largo de toda la clase magistral él se incluye sin ambages en la revolución bolivariana.


[1] Esta preocupante opinión, que el poder del estado no admite límites, es compartida por Pablo Iglesias. Puede verse claramente, por ejemplo, en el comentario que en su libro Maquiavelo en la gran pantalla dedica a la película Algunos hombres buenos. Permanezcan atentos. Próximamente en su pc.

[2] Lo de que hay que acabar con la prensa independiente, también lo ha dicho, y más crudamente, Pablo Iglesias:



Publicado en el blog de Santi González el 14 de febrero de 2015.