lunes, 26 de junio de 2017

LUPIÁÑEZ, EL MAGREB, Y OTRAS COSAS DE METER (LA PATA)


Alsina: Así que usted está a favor de que se celebre el referéndum de autodeterminación.
Lupiáñez, rotundamente:
Alsina: Y en contra, por consiguiente, de la posición de su partido.
Lupiáñez sometido a estrés: Uh… sí… No


«Vas a la razón democrática del ser humano y te dices ¿qué daño se hace depositando un voto en una urna? Ninguno. Simplemente es un acto participativo». Así hablaba hoy Lupiáñez en el programa de Alsina, y hasta ese momento –tosquedad aparte- se ajustaba milimétricamente al discurso usado por los nacionalistas para saltarse la ley. ¿Qué hay de malo en votar? ¿No son las urnas la esencia de la democracia? ¿Hay algo más esponjoso que una nube? Es un discurso fastidioso, porque el monstruo siempre se mantiene cuidadosamente oculto: hasta el mayor zote sabe que hay cosas que es mejor no explicitar. Pero Lupiáñez ha demostrado que no es persona que se deje constreñir por los dictados de la etiqueta, y el monstruo de la xenofobia ha deambulado libremente.

«Somos diferentes, aquí se trabaj… las prioridades son otras. La sociedad se mueve más por espíritus (sic) de construcción, de avanzar, de esfuerzo, de responsabilidad, de compromiso».

Lupiáñez hará esta enumeración de virtudes catalanas tres veces a lo largo del discurso. Pero entonces ¿el resto de los españoles no construye, no avanza, no se esfuerza, no es responsable? Aquí ha sentido levemente la presión de la etiqueta y la exigencia del disimulo:

«Me preocupa muchísimo que se caiga en la demagogia en relación a que los catalanes son diferentes (dice Lupiañez olvidando que ha sido él quien lo ha afirmado). Aquí se vive de otra manera, Nosotros aquí tenemos nivel de vida. Pero hay otras zonas donde la calidad de la vida es extraordinaria, y yo envidio esa calidad de vida que aquí en Cataluña, posiblemente por esa responsabilidad, por ese compromiso, por ese querer avanzar, pues se vive de otra manera. Igual ocurre en Dinamarca con respecto al Magreb. Son actitudes enfrente de la vida diferentes».

¿Está Lupiáñez comparando al resto de España con el Magreb, y a los nacionalistas catalanes con Dinamarca? Para ser exactos, parece estar comparando Andalucía con el Magreb. Previamente ha explicado que él es de las Alpujarras, y que su familia tuvo que emigrar a Barcelona para poder comer. Pero Lupiáñez es condescendiente. Sabe que, si bien los nacionalistas catalanes son responsables, comprometidos, industriosos etc., los andaluces, los españoles, y el resto de pueblos del Magreb, tienen sus cosas pintorescas:

«En todas las partes del ecuador para arriba… Francia es mucho más desarrollada a nivel de calidad de vida y nivel de vida (aquí Lupiáñez se lía). La calidad de vida es la que es y el nivel de vida, como se desenvuelve la gente socialmente, la luz, la calidad de vida, las relaciones humanas, la relación con los vecinos, es mucho más afectuosa, más próxima en un sur que en un norte»

No se lo pierdan. Serán 16 minutos extraordinariamente reveladores.

jueves, 22 de junio de 2017

EL MODELO


«Cumpliendo el mandato de nuestros pueblos, con la fortaleza de nuestra Pachamama y gracias a Dios, refundamos el estado plurinacional». Váyanse acostumbrando a esta terminología exótica, porque Adriana Lastra ha puesto a Bolivia como modelo del estado plurinacional del pluripartido PSOE. Y no es de extrañar porque, como pueden ver, su Constitución es mucho más entretenida que la española. Fíjense en nuestro sosísimo artículo 1 -«España propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político»-, y compárenlo con el artículo 8.1 de la boliviana: «el Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble)». Es obvio que la libertad palidece ante el ñandereko, y que el pluralismo político carece de sentido si no se complementa con el teko kavi.

Y en lo que a la nación se refiere, observen nuestro insípido artículo 2la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles»-, y compárenlo con el multicolor artículo 3 de Bolivia: «la nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano».

Naciones hay unas cuantas, porque cuando uno se plurinacionaliza mejor hacerlo a conciencia: «aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco». Desgraciadamente el reconocimiento constitucional llegó un poco tarde para la tribu lkallawaya, que ya se había extinguido.

Todos estos pueblos, naciones, comunidades y agregados diversos tienen derechos, algunos espirituales (protección de sus lugares sagrados) y otros no tanto (acceso gratuito a tierras y a la participación en los beneficios de la explotación de los recursos naturales en sus territorios). La constitución boliviana sustituye así los anticuados derechos de los ciudadanos por los privilegios colectivos.


Quizás no lo sepan, pero la constitución boliviana fue redactada con ayuda de asesores españoles. Este es el caso de Rubén Martínez Dalmau, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia. Fue también diputado de Podemos y miembro, junto con Iglesias y Monedero, de la famosa Fundación CEPS, generosamente regada con dinero del chavismo. Sirva esto para recomendar a los socialistas que escojan sus modelos con más cuidado, porque boliviano parece estar cerca de bolivariano.

Publicado en Mallorca Confidencial el 22 de junio de 2017

jueves, 15 de junio de 2017

ALGUNOS HOMBRES MEMOS

Me doy cuenta ahora, tras recuperarme de los soporíferos discursos que nos propinó, de que Pablo Iglesias adoptó un tono de superioridad intelectual hacia nosotros que finalmente me ha preocupado. ¿Y si tuviera razón? ¿Y si estuviéramos faltos de lecturas? Por eso, con firme propósito de enmienda intelectual, he decidido retomar a un autor que, si bien no es de lectura fácil, suele ser muy revelador y no exento de –involuntaria- comicidad: Pablo Iglesias. Recupero, por tanto, algunas cosas que he ido escribiendo, empezando por la disección que hace de la película Algunos hombres buenos.



En su imprescindible libro Maquiavelo frente a la gran pantalla Pablo Iglesias analiza algunas películas con el propósito, no siempre alcanzado, de afianzar sus particulares planteamientos políticos. Una de estas películas es Algunos hombres buenos de Rob Reiner. Pablo Iglesias ha escogido esta película «con el objetivo de plantear una noción, digamos dura, de la verdad en política como decisión sobre la vida» y de paso para revelar «el carácter de última ratio de la excepcionalidad en política». ¿Cómo piensa hacerlo? Pues a través de los “códigos rojos”.

Recordemos. La película trata del juicio a dos marines de Guantánamo por la muerte de un tercer marine. El espectador irá sabiendo que, con el fin de conseguir su traslado a un destino más confortable, el marine muerto pensaba denunciar a sus compañeros por una irregularidad en acto de servicio. Enterado de ello el coronel Jessep (Jack Nicholson) ordenó que se le administrara un “código rojo”, una paliza para que aprendiera que las cosas del cuerpo de marines deben solucionarse dentro del cuerpo de marines, pero resultó que el recluta tenía un problema cardiaco y murió. Los “códigos rojos” están prohibidos en el ejército, de manera que todo el trabajo del abogado defensor de los marines acusados (Tom Cruise) consiste en sacar de quicio a Jessep hasta que confiese que fue él el que ordeno el famoso código. Lo consigue con bastante facilidad, y Jessep es enchironado.

Con este argumento Pablo Iglesias decide que «lo que hay que resolver es el problema de las relaciones entre estructura y superestructura (Gramsci, 1975)» -que no se sabe muy bien qué tiene que ver con todo esto- y se lanza a explicar «el planteamiento agambeniano que entiende la política como excepcionalidad y decisión sobre la vida» afirmando que «vamos a buscar esos códigos rojos de Algunos hombres buenos (…) como elementos constitutivos, en tanto que estructura del orden político». Y con estos mimbres llega a la siguiente conclusión:

«El poder soberano no puede ser otro que el poder ilimitado de decisión sobre la vida».

Esta es, según Pablo Iglesias, «la verdadera naturaleza del poder frente a la que ceden todos los derechos, la fuerza capaz de expulsar de la comunidad (…) el poder soberano que decide sobre la vida». «La decisión sobre la vida y la capacidad de excluir son, por lo tanto, la condición de posibilidad de la soberanía y del poder constituyente, así como de toda lucha en la que el antagonista desafía al poder».

Entendámonos: no es que a Pablo Iglesias le parezca mal este concepto de la política como poder supremo sobre la vida. No es que esté criticando a las democracias occidentales a través de Estados Unidos, cuyos códigos rojos pretende descubrir. Simplemente se limita a poner de manifiesto que esa es la «verdad política», la «noción, digamos dura» de la política que se proponía desvelar. Aclaremos que «la decisión sobre la vida» es, para Pablo Iglesias, elemento constitutivo no sólo del estado, sino también de los revolucionarios, los «antagonistas que desafían el poder».

Y remata Pablo Iglesias: «La lucha política llevada a sus últimas consecuencias ha de asumir necesariamente también una dimensión constituyente, esto es, ser capaz de crear y de sustraerse al mismo tiempo al Derecho. La lucha política es “verdadera” en la medida en que aplica una nueva fuerza soberana ante la cual la vida queda, de nuevo, al desnudo».

Que alguien que pretende alcanzar el poder político defienda la legitimidad de sustraerse al derecho porque su esencia es el poder supremo sobre la vida debe causar bastante desazón en los destinados a ser gobernados por él -nosotros- Esto es lo que quería señalar, y aquí podría acabar este comentario, pero me gustaría añadir otra cuestión.

Por lo que vamos conociendo -y no es poco- del pensamiento político de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, parece consistir en una sucesión de afirmaciones inconexas que no pretenden agruparse en una estructura lógica o ensamblarse entre sí ofreciendo la solución de un rompecabezas. A cambio, como ambos son profesores, estas afirmaciones suelen estar sazonadas con referencias a sesudos autores con los que frecuentemente no tienen nada que ver, y que inducen al lector a sospechar que quizás no han comprendido bien lo que han leído. Uno puede entender perfectamente que Pablo Iglesias no haya entendido a Giorgio Agamben --e incluso que sea imposible entender a Agamben- pero ¿es normal que alguien se anime a escribir un libro sobre política y cine cuando sospechamos que no lee con aprovechamiento textos políticos, y nos consta que no se entera de las películas?

Porque si Pablo Iglesias quería demostrar que la capacidad de sustraerse al derecho y decidir sobre la vida es la verdadera esencia del poder político, no ha podido escoger una película peor. Porque, en efecto, el coronel Jessep se sustrae al derecho y toma una decisión que, involuntariamente, cuesta la vida a un soldado. Pero el estado, el poder político, no se queda diciendo «¡Ah, vaya! Iglesias y Agamben tenían razón». No. ¡El estado mete en la cárcel a Jessep! Y no sólo eso sino que condena también a los dos marines, los que se habían limitado a cumplir sus órdenes.


Espero que un día tengamos ocasión de contar la interpretación que Iglesias hace de Lolita de Kubrick, de la que me permito dejarles un adelanto:

«La lógica capitalista de acumulación y expansión sin fin no sólo determina las relaciones centro-periferia que condicionan la representación del otro colonizado o del otro migrante, sino que el lugar de enunciación también se halla determinado por la hegemonía de valores patriarcales y heteronormativos que condicionan toda representación de lo femenino».

Como para pedirse palomitas.



lunes, 12 de junio de 2017

INVISIBLE

Entrevista a Oriol Junqueras: el referéndum es una exigencia ciudadana… no hay nada más democrático que las urnas… el pueblo nos lo pide ¿qué quiere usted que hagamos?… es una exigencia democrática. Así, bajo un manto respetable de democracia, avanza el nacionalismo destruyendo el orden legal y la convivencia. Como un monstruo invisible que delata su paso por las ramas rotas y los árboles derribados.

Quitémosle el manto. Veamos al monstruo. La democracia no puede exigir que se destruya la democracia, así que lo que nos propone Junqueras tiene que ser otra cosa. Aunque se resista a decirlo, lo que ofrece frente a nuestra nación cívica -basada en las leyes, la libertad y la igualdad- es la nación étnica, fundada en los criterios de pertenencia y exclusión, en la afirmación de la diferencia y en el odio al de fuera. Por supuesto los criterios de diferenciación –la raza, la etnia, los genes, la cultura, la lengua- son intercambiables y dependen de las modas del momento. ¿Quién se atrevería hoy a invocar la raza? Son meras racionalizaciones ex post para justificar lo que el nacionalista sabe de antemano: que es diferente, y por supuesto mejor. Y sirven para destruir la igualdad de la nación cívica. El odio es un elemento natural en el esquema, y los nacionalistas omiten su concienzuda siembra –en las escuelas y en los medios- cuando ahora, ya florecido, hablan de la reivindicación del pueblo.

Sin la nación étnica no se entiende la alegría con que los nacionalistas omiten las leyes y rompen la convivencia; éstos son los árboles derribados, y aquélla el monstruo invisible. Diferencia y ruptura de la convivencia no parece una alternativa muy estimulante frente a libertad e igualdad en las leyes, así que los nacionalistas son prudentes al disfrazarse de democracia.

Publicado en Mallorca Confidencial, 8 de junio de 2017